(28 de julio de 1531)
Advertencia:
Es la más larga de sus
cartas, estilísticamente la mejor. Una pequeña joya de
dirección espiritual.
Está dirigida al
abogado, notario de Cremona, Carlos Magni, que pertenecía a la “Cofradía de los
Amigos”, grupo de laicos comprometidos, orientados por San Antonio.
Además de llamarle “hijo y hermano” le saluda
también, quizá por humildad, como “padre suyo”.
Sin embargo, con su
mano firme, con su responsabilidad como orientador espiritual, le exige que lea
la carta no maquinalmente sino con los hechos.
Puntos a destacar:
Sugerencias para
adquirir aquella oración incesante que es el requisito de los “hombres nuevos”.
Invitación a orientar nuestras actividades hacia Dios.
Consejo a la revisión
diaria (examen de conciencia), teniendo en cuenta particularmente el defecto
principal (el “capitán general”).
Orientaciones, libres
de pietismo, al alcanza de todos, válidas siempre.
Destinatario:
Al muy
distinguido e integro Procurador Carlos Magni, a quien honro como
Padre junto a S. Antonio en Cremona.
IC.
XC +
Muy querido Padre y hermano en Cristo:
He recibido su carta del 23 del presente mes, a la que
contesto después de estar continuamente delante del crucifijo por
usted, pensando que es necesario, en primer lugar, que yo aprenda
aquello que después le enseñaré. Hubiera preferido callar si no
me hubiese presionado tan encarecida y amablemente, pero, dada su
insistencia, le insinuaré lo que con más claridad no puedo
explicarle.
Así pues, mi querido Padre en Cristo, como su profesión es
muy importante y le absorbe mucho tiempo, es necesario que adopte el
método adecuado. Por consiguiente, quisiera que en lo posible
practique los tres consejos que le suscribo:
Primero: ejercítese en hablar con Cristo, ya sea por la mañana
o por la tarde, a todas horas, habitualmente, de modo imprevisto o
por casualidad. Igualmente, en todo tiempo, de día o de noche. En
cualquier posición, acostado, levantado, de rodillas, sentado o de
otra forma; y sobre todo, antes de su trabajo, de ordinario sin
prescripción, por poco
o mucho tiempo que Dios le conceda. En las cosas necesarias, también
en las incertidumbres y dificultades y, especialmente, en las dudas
difíciles, proponiéndole los argumentos lo más brevemente posible
desde todos los puntos de vista, y comunicándole la decisión que
os parezca mejor, o también busque el propio parecer de Cristo que,
ciertamente, no le negará si persiste en ello, y le digo y prometo
que se dejará convencer si lo desea.
Verdaderamente yo creo que las leyes humanas se aprenden
mejor del propio legislador que de otros, y máxime si son del
Legislador que contiene en sí toda regla y norma y sabe explicar y
resolver los sofismas de los demonios. ¡Cuánto mejor resolverá
los problemas de los hombres! Quien no crea esto, menos creerá que
Dios tenga un cuidado esmerado de nosotros, ya que no permite que se
pierda un solo cabello de nuestra cabeza (Lc 21, 18); y menos creerá
que Él sea tan sabio que haga aparecer a todos los sabios de este
mundo como insensatos e ignorantes (1Cor 1, 19-25).
Si Dios hace esto con el hombre que recurre a Él para
aclarar los enredos y argucias de los hombres modernos, que parecen
hechos para alejarle de Dios, piense ¡cómo solucionará igualmente
los otros enredos!
Y (hablando así), si el hombre con las distracciones se une
a Dios, ¿cuánto más, en otras circunstancias y con recogimiento
se unirá más fácilmente a Él?
Querido
hermano en Cristo, haga esto según el tiempo que tenga, mucho o
poco, en todas las cosas o en parte de ellas, según su
conveniencia; hable familiarmente y dialogue con el crucifijo como
hace conmigo, y aconséjese con Él en aquellas cosas que le
parezca, ya sean espirituales o temporales, bien sean para usted o
para los demás.
Le digo que si así lo hace, con la experiencia sentirá gran
provecho y nacerá en usted una mayor unión y amor a Cristo. De
esto no le diré más, porque quiero que sólo la experiencia le
baste.
El
segundo consejo que le ayudará, con el ya dicho y le dará mayor
abundancia de gracia, es la frecuente elevación de la mente a Dios.
Esta, querido, es necesaria, porque en las cosas más importantes y
de mayor peligro, allí debemos poner todo nuestro empeño y mayor
agudeza.
Al hombre, por naturaleza, le es difícil el recogimiento y más
aún la unión con Dios, ya que habitualmente es distraído y por
eso no se centra en las cosas. Al hombre que tiene la mala costumbre
de distraerse, le es más difícil.
Es aún más difícil necesitar cosas que de por sí (según
nuestra manera de ser) nos dividen y, a pesar de ello, no quedar
divididos. Cierto, no se puede uno imaginar estar bajo la lluvia y
no mojarse. Esto es verdad, pero aquello que parece imposible, con
la ayuda de Dios es facilísimo, con tal que no impidamos con
nuestras acciones aquellos dones que Dios nos ha concedido.
Por consiguiente, si queremos estar con Dios y, por otro
lado, hacer, decir, pensar, leer o despachar los asuntos cotidianos,
elevemos nuestra mente a Dios por más o menos tiempo. Así haría
con un amigo que no pudiendo estar ni hablar con él, por tener
cosas importantes que hacer, como anotar cuentas de los géneros que
deben ser enviados, le diría: “perdóneme, si no puedo acompañarle
y hablar con usted, porque tengo que hacer muchas cosas, pero apenas
termine, hablaré con usted, si puede”. Después, mientras
escribe, de vez en cuando alzará la vista y le mirará. Otra vez le
dirá algo de lo que pasa. Finalmente le dirá: “Dentro de poco
terminaré”, de esta manera, si no puede dialogar con su amigo, lo
entretiene, y esto no le aparta de su trabajo ni tampoco le
obstaculiza estas atenciones.
Así, querido, se comportará y no le perjudicará nada en
vuestros estudios y ocupaciones. Al iniciar el trabajo, diríjase a
Cristo con las palabras que quiera; después, mientras lo realiza,
eleve con frecuencia la mente a Dios y le será de gran provecho y
de ningún daño.
Cumpla esto, especialmente, cuando inicie sus acciones o de
los otros, bien sean normales o imprevistas, tanto en las
conversaciones como en los trabajos. Antes, diríjase a Dios con una
breve oración que El le inspirará, mentalmente o bien con
palabras, de acuerdo a sus pensamientos o deseos, o de cualquier
forma; después, mientras desarrolle el trabajo o la reflexión,
eleve con frecuencia la mente a Dios, y si el trabajo se prolongara,
interrúmpalo por un breve espacio, por ejemplo, el tiempo de un Ave
María, o según le parezca, y haga aquella oración que Dios le
inspire. Esta interrupción la puede hacer mas de una vez si el
trabajo se prolongara mucho tiempo.
Si actúa de esta manera, se habituará fácilmente a la
oración, sin perjudicar vuestro trabajo o vuestro cuerpo; de este
modo, llegará a tal constancia en la oración que, bebiendo,
trabajando, hablando, estudiando, escribiendo, etc (1Cor. 10, 31)
hará oración, y el trabajo externo no le impedirá la elevación y
acción interior, o al revés. Actuando de otro modo, será buena
persona pero no buen cristiano, como Cristo quiere que usted sea, y
a quien ha llamado a ser. Esto lo comprenderá si considera bien la
forma que El ha tenido para llamarle. Le aviso y ofrezco la manera
posible para llegar a serlo, si
quiere, como pienso que así desea, de modo que después no se
arrepienta. Esto sería para mí una gran pena.
Queridísimo, si para usted mis palabras
tienen valor, le invito, le ruego, le apremio en Cristo y por Cristo
a que abra los ojos y cumpla lo que le he escrito, y lo lea no sólo
con los labios sino con los hechos. Así, le prometo que llegará a
ser diferente de lo que es, como debe ser, haciéndose cargo de la
tarea que Dios le ha dado y que pondrá de
distintos modos sobre sus espaldas... Si actúa de otra forma
no satisfará la obligación que tiene hacia Dios y hacia el prójimo;
y mucho menos será disculpado sino castigado como transgresor.
Si comprende y ejercita bien todo lo dicho, observe, junto a
la primera parte, la tercera que sigue, sin la cual, su esfuerzo
tendría poco valor y gloria para Cristo.
Esta es la tercera parte: En su meditación, oración y
reflexiones, se esforzará en conocer sus principales defectos y,
sobre todo, aquel defecto y vicio que es como el Capitán General
que domina a todos los demás. El principal objetivo es hacerlo
desaparecer, pero esfuércese en aniquilar también los otros que le
acompañan. Actuaría como aquél que quiere matar al capitán del
ejército que está en medio del batallón que teniendo como
objetivo llegar a él y poniendo los ojos en él como el más
importante, va haciendo camino matando a todo el que encuentra. De
la misma manera hágalo usted con los vicios.
Si me pregunta cuál es el vicio que le domina, le respondo
que (según mi modo de entender) a pesar de observar en usted algo
de sensual, sin embargo, la sensualidad (comprenda a qué me
refiero) no es el principal, sino más bien la ira y el arrebato,
cuya raíz es la soberbia que se nutre del saber de la cultura
adquirida por los estudios, o por la competencia alcanzada por su índole
o por la práctica. Si lo descubre, esto es lo que le hace
irritable, le turba y le hace usar malos modos y palabras que no están
bien. Esta raíz de la soberbia produce en usted los otros malos
frutos y efectos.
Le he mostrado el mal que es la madre del vicio: Extírpelo
para que no tenga más retoños. Por lo tanto, descubra el remedio y
la medicina. Si no lo encuentra, quizá en otro momento se lo
escribiré, o bien, se lo diré de palabra.
Si acaso éste no fuese el vicio principal (muchas razones me
demuestran que sí lo es), encuéntrelo y extírpelo.
Si observa estas cosas que os he dicho, se acercará con
facilidad al Crucificado y a la Cruz. Comportándose de otro modo se
sentirá lejano a ella. No puedo ver esto en usted, al que amo y
estoy obligado a amar y ver siempre en el Crucificado. Amen.
He comprado material para una imprenta buena y corriente. Se
lo enviaré. Cuesta tres liras y diez centavos.
Pienso enviarle libros más útiles para ejercicios
espirituales que otros que pueda leer, se los enviaré. Persuadid a
los amigos para que los compren, son necesarios para todos los que
quieran sacar provecho en esta vida del espíritu.
Usted y yo hemos perdido a nuestro padre Fray Bono. Huye de mí;
o por alguna causa, parece que me huye. Hace tres o cuatro días que
no lo veo y apenas hablo con él. Teme que yo le quiera persuadir de
que venga a casa. Me ha gustado la carta que le ha escrito, pero
tiene necesidad de mayores estímulos, por lo tanto transmítaselos.
Escribiré a los amigos. Salúdelos a todos y a cada uno.
Recuerdos también a vuestro Rev. Primicerio.
Milán a 28 de Julio de
1531
Vuestro hijo y hermano en Cristo.
ANTONIO
M. ZACCARIA.