(3 de noviembre de 1538)
Advertencia:
No es verdad que se nazca santos ni que los comienzos de una obra, sean
siempre idílicos.
No fue así para la iglesia (H.A. I-XI); no lo ha sido para la Familia
Zaccariana en sus orígenes. Esta carta lo confirma.
En Milán hay confusión y un cierto relajamiento en la disciplina
religiosa. Desde Guastalla, donde a la sazón está Antonio María, llega una
carta vibrante, sin medios términos. Desde el corazón “loco” por amor a
Cristo, de las entrañas de un joven Fundador preocupado por el bien de sus
hijos, brotan palabras de fuego.
El comienzo es suave: “entrañas mías”, “amadísimos hijos”; de
repente, el tono se hace cortante, casi hiriente e irónico.
Vuelve otra vez suave en la certeza absoluta de que la Obra seguirá
adelante, porqué es obra de Dios. No se puede comprometer ni echar a perder
“aquel dichoso, renovamiento del fervor cristiano” que Fray Bautista nos dejó
como herencia.
La buena marcha de la Congregación exige:
-
Obediencia total, no ligada a
la letra, sino grabada en el corazón,
fruto de convencimiento.
-
Uniformidad radical con la
voluntad del Crucifijo, único medio
para ser “hijos legítimos” de Pablo.
-
Almas nobles que rehusan las
medias medidas, y los colores
grises de la mezquinda.
Destinatario:
A los Hijos de San Pablo Apóstol y míos: P. Jaime Antonio (Moriglia),
P. Bautista (Soresina) con todos los demás. Cerca de la Basílica de San
Ambrosio.
Milán.
IC.
XC. +
Queridos hijos en Cristo:
Parece que el demonio me tienta acerca de vuestras obras, diciéndome
que, entre todos los males que ha sembrado y siembra en vuestros corazones, está
la confusión de nuestra casa, donde no hay cosa que esté ordenada por no estar
allí ninguno de nosotros. Por cierto no lo he querido creer, sin embargo os daré
mi opinión. El enviar siempre cartas severas, no penséis que sea mi costumbre,
esto se debe a mi excesivo amor, el cual me hace temer siempre por vosotros.
Por lo tanto, la sospecha me lleva no a concluir, sino a dudar mucho que
el demonio no diga la verdad, porque parece que entre vosotros hay quien tienen
su mente aletargada y adormecida, sobre la intención de quien os gobierna.
Sabéis, queridas entrañas mías, que es bueno tener la obediencia
escrita, es decir, las prescripciones de nuestros superiores. Sin embargo, esto
es muy poco si no se le añade que estén escritas en nuestros corazones. Por
ejemplo, si hubiera uno que no sea nuestro discípulo, pero le gustase buscar y
cumplir perfectamente nuestra voluntad, teniendo siempre presente ante sus ojos
nuestra intención, éste sería mejor y más verdadero discípulo nuestro que
aquel que tuviera nuestra voluntad escrita en el papel, pero no en su corazón,
aunque se diga discípulo nuestro.
No penséis que es una pequeña falta el olvidarse o adormecerse acerca
de la intención de nuestros superiores. ¿Qué otra cosa es sino olvidarse del
primer propósito? ¿O bien darles una señal segura que, si mueren o se alejan
físicamente de su lugar, pronto todos abandonaremos sus ejemplos? ¿Acaso los
que tienen más fervor que sus maestros destruyen sus cimientos, o más bien,
sin eliminarlos, añaden otros, no para destrucción de los primeros, sino para
su mayor perfección y estabilidad?
Demos gracias a Dios que ha cegado nuestros ojos, para que vosotros veáis
mejor, y podáis por vosotros mismos haceros hijos legítimos, aunque vuestros
formadores os han hecho bastardos. Si vuestro ojo está tuerto o dañado os dejo
a vosotros pensar que será del resto del cuerpo.
No digo esto para avergonzaros, sino porque desearía que vosotros
tuvierais hacia vuestros guías la misma fidelidad que ellos tienen hacia
vosotros.
Sin embargo ¿no os debería guiar la fuerza de vuestro corazón, por el
conocimiento innato en él, y no tener necesidad de escritos? Si sois generosos,
aprenderéis a gobernaros por vosotros mismos sin leyes externas, teniendo la
ley en vuestros corazones; y cumpliréis no tanto la letra, sino el Espíritu;
porque es conveniente si no queréis obedecer como siervos, sino como hijos, que
lo hagáis así.
De esta manera teniendo quien os gobierne, os dejaréis gobernar, aunque
fuese un ángel quien os gobierne, sin fijaros que sea éste o aquel; y si no
tenéis quién os gobierne, tendréis vuestra misma conciencia que os gobernará.
Por lo tanto presente o no la autoridad, mantendréis siempre la unión
del cuerpo con vuestros guías y no provocaréis tantas divisiones.
Ni tampoco observaréis rigor en las palabras y en el proceder de
vuestros superiores, sino que en cada momento sabréis gobernaros, ampliando o
restringiendo según os parezca, más conforme con su pensamiento.
Tampoco imitaréis queriendo remedar los modales y manera de hablar de
otros, pues está bien en un niño decir mamaita, en vez de mamá y papaito en
vez de papá; lo cual no es conveniente en una persona adulta. Lo mismo vale en
las cosas espirituales.
Igualmente, si uno se inmiscuye en un asunto del que ya se haya ocupado
otro, que éste no se ofenda. ¿Qué cosas son las nuestras? ¿Nos hemos
propuesto acaso hacernos señores y amos mundanos, o más bien ayudarnos
mutuamente a progresar y a ser más humildes? Siendo así, ¿por qué lo que uno
hace lo destruye el otro?
Por favor, los halagos no os ablanden y los elogios no emboten vuestro
cerebro, sino edifiquémonos a nosotros mismos y a los demás hacia Cristo.
Ninguno de vosotros infrinja las órdenes. Si uno las infringiera, el
otro las cumpla mejor. Cuando esté ausente el que gobierna, cada uno sea
maestro de si mismo y salga victorioso.
Competid en anonadaros más y más y en haceros más sencillos, y en
descubrir en vosotros, no ya vuestra voluntad, sino más bien la de Cristo en
vosotros, pues así os revestiréis fácilmente de El (Rom. 13, 14), y evitaréis
hacer las cosas por costumbre y satisfaréis el deseo de nuestro querido Padre,
que -como recordáis - quería que fuésemos fundamento y columnas (Ef 3, 17; 4,
23 y 1Tim. 3, 15) de la renovación del fervor cristiano.
Si supierais, veríais cuántas
promesas han sido hechas a diferentes santos y santas sobre esta bendita
renovación, pues han de cumplirse todas en los hijos e hijas de nuestro amado
Padre, a no ser que Cristo haya querido engañarlos, lo que no podría El hacer,
pues es fiel cumplidor de sus promesas.
Oh querido Padre, tú te has fatigado y has sufrido mucho, y nosotros
recogeremos los frutos; tuya ha sido la cruz y nuestra será la abundancia del
descanso; es decir, llevando y rumiando continuamente cruces, produciremos tus
frutos y los nuestros.
¡Animo, hijos y plantas de Pablo, abríos! (2 Cor. 6, 11-13), pues los
que os han plantado y plantan son más profundos que el abismo, y no os hagáis
inferiores a la vocación a la que habéis sido llamados (Ef,. 4, 1). Si queréis,
seréis, ya desde ahora herederos e hijos legítimos de nuestro Santo Padre y de
los grandes Santos, y el Crucifijo extenderá sus manos sobre vosotros. No os
miento, ni hay entre nosotros quien os pueda mentir. Por eso esforzaos en
satisfacerme y recordad que, presente o ausente, tenéis la obligación de
contentarme.
Nada más. Cristo mismo sea quien os escriba nuestro saludo en vuestros
corazones.
Guastalla, 3 de noviembre de 1538
Vuestro Padre y Guía en Cristo.
ANTONIO MARIA,
sacerdote.
Sacerdote de Pablo Apóstol
y
Angélica P. A. (Paula Antonia)