(sin lugar ni fecha)
Advertencia:
Esta carta. Conservada en el
Archivo Generalicio de los PP. Barnabitas en Roma, es un autógrafo de San
Antonio María Zaccaria.
Los muchos tachones y correcciones dicen que se trata de un borrador.
Está escrita en nombre de la A(angélica) P(aula) N(egri). La costumbre
de escribir en nombre de otro era bastante frecuente en 1500 (cfr. C. VII).
Aunque sin fecha ni lugar, según los expertos, hay que colocarla después de
1537, es decir, después de la asunción de la misión de Vicenza.
El
destinatario es el patricio de Verona, Francisco Cappelli. Es uno de los
“Maritati de S. Pablo” (Laicos de San Pablo), entrado en la familia
zaccariana en los inicios de la misión de Vicenza (¿Verona?). Amigo también
de San Cayetano Thiene, murió en 1566.
Desarrollo y estilo algo dificultoso y retorcido, acusado ya por los
muchos tachones y correcciones. Sin embargo, la carta es rica en introspección
espirirtual. Testimonio de fecundo intercambio entre gente madura en la fe que,
si mucho reciben, mucho también saben dar.
El miedo de que posibles alabanzas nos llevan...
Destinatario:
Al Magnífico Señor
Francisco Cappelli.
JC.
XC. +
Muy querido Padre en Cristo, salud:
Más de una vez he deseado saludarte pero el hecho de haber estado algo
enferma me he demorado.
Sabed querido Padre que he pensado y repensado mucho tus amables
palabras, y las he encontrado utilísimas y me he propuesto salir de la situación
interior en la que estaba adormecida porque he comprendido la verdad: bajo
apariencia de falsa humildad y de no querer aparentar tener dones, he disminuido
y quitado el servicio al prójimo, confirmándome en esto los escrúpulos que
tenía y todo lo que me ocurría en el decir y en el hacer procedía de la
vanagloria, la cual, cegándome, me hacía hablar y actuar. Y me parecían
verdaderos tales estímulos porque muy a menudo había estado ocupada en el prójimo
y no había hecho ningún progreso.
Por esto he enterrado el don de ser útil al prójimo. Poco a poco he
perdido el primer fervor que tenía por ganar al prójimo para Cristo; y después
de esto he perdido también la luz y el conocimiento de mi vida interior,
queriendo verlos a menudo en los demás, para poner al día los míos. Y
la seguridad que yo experimentaba en los demás, me consolidaba la mía, por el
contrario, ahora temerosa del proceder espiritual de los demás, me he quedado
tan dudosa de mi proceder que no me atrevo a moverme.
Y así asustada hasta de mi misma sombra permanezco en la tibieza,
habiendo perdido como he dicho mi primer fervor.
Y habría sido un mal menor haberme manchado un poco, decidida a
estimular a los demás, con tal de conservar mi fervor interior; en cambio,
descuidándoles he perdido cuanto para mi era un estímulo y al final me hubiera
limpiado de ese polvo.
Mira, querido Padre, lo que hace el demasiado temor de la viveza del
propio carácter: porque el no temerlo y no ser a veces atormentado y estimulado
por los demás, nos deja siempre vivos y delicados; así el temer la propia
sombra nos lleva, intentando escapar de un vicio, a caer en otro mayor.
Si uno quiere estar seguro en todo, no podrá asegurarse sin la lucha y
sin pasar por la prueba, ni cuando uno ha combatido por mucho tiempo dejar las
grandes guerras, por luchas pequeñas.
Por lo tanto, esta atento tu también, querido Padre, de no caer en mi
mismo error, porque es deplorable perder la luz que siempre nos ha dado la vida.
De tal manera, que reflejándote en mi no te equivocarás, y yo por tus
paternales palabras he tomado la decisión de perderme a mi misma para dedicarme
al bien espiritual del prójimo. Y así espero que conquistándolo, el Crucifijo
me devolverá la luz y el fuego que me tenían viva y finalmente esté cierta y
no hundida en las dudas, desconfiando -como solía- de todas las inspiraciones
que me venían; pero ayudada por Cristo y tus oraciones espero saber discernir
por experiencia lo verdadero de lo falso y la certeza de la duda.
¿Ves querido, Padre, cuanto provecho he recibido ahora de tus palabras?
¡Ojalá, quisiera Dios que yo pudiera hablar contigo cada hora! Pero hasta que
pueda verte, escríbeme de vez en cuando, porque leyendo tus cartas me parece
hablar contigo y confortarás mi espíritu, el cual en medio de este agitado
mar, descansará leyéndolas.
Por ahora nada más.
Saluda a las señoras Ana y Cecilia, por mi y por el Padre, el cual te
escribirá en otra ocasión, él se recomienda a ti, al señor Gerardo y a
todos.
A. P. A.